EL FIN DE LAS RAZAS O EL RENACIMIENTO DEL PERRO por Eduardo de Benito

La cinofilia atraviesa una crisis profunda, cada vez más alejado de la sociedad real. No es culpa de los animalistas, ni de las leyes de bienestar animal, ni de conspiraciones políticas, es la consecuencia directa de un modelo que se ha agotado. La cinofilia, tal como fue concebida en el siglo XIX, se enfrenta ahora a un entorno social y moral completamente distinto. Las nuevas generaciones miran al perro no como un objeto de exhibición, sino como un sujeto de derechos. Y esa mirada ha venido para quedarse. Podemos seguir aferrados a los viejos rituales, repitiendo fórmulas que funcionaron en otro tiempo, mientras el mundo cambia a nuestro alrededor, pero la historia no espera; o asumimos la necesidad de cambios o nos veremos encerrados en un gueto cultural que la sociedad percibirá como anacrónico e insensible.

Debemos tener el coraje de reconocer que el modelo que nos formó está agotado y que necesitamos reinventarlo antes de que sea demasiado tarde y la sociedad lo cambie sin contar con nuestra opinión. La ciencia, la ética y la sensibilidad contemporánea no son amenazas para la cinofilia, sino su única posibilidad de continuidad. Reformar no significa renegar, significa cuidar con lucidez lo que amamos. Este texto no es una crítica, sino una invitación hacia una nueva cinofilia, a evolucionar al compás de la sociedad y a reconciliar la tradición con el futuro antes de que el futuro nos reclame por abandono.

LA RAZA, UN RATONERA DE LA QUE ESCAPAR

Para el aficionado a la cinología, el concepto de “raza” parece una verdad indiscutible, un hecho biológico incuestionable. Sin embargo, esta taxonomía familiar, una población delimitada, con un nombre, un estándar escrito y un libro genealógico, es, en realidad, una de las invenciones culturales y biológicas más sorprendentes del siglo XIX. Una conjunción única de espectáculo, institucionalización y prácticas selectivas.

Antes de que se popularizara la cría y exhibición recreativa de perros de raza, las clasificaciones aplicadas a los perros eran funcionales, no morfológicas; se les llamaba simplemente mastines, perros de agua, sabuesos, galgos, etc. Se trataba de un vocabulario flexible, enfocado en la utilidad y el trabajo, no en la apariencia física. Sin embargo, en el siglo XIX esa flexibilidad fue reemplazada por una tipología rígida y un conjunto de sus características físicas fueron fijados y protegidos institucionalmente. El perro de pedigrí es, por tanto, una creación artificial, un producto de diseño, surgido del cruce entre el espectáculo y la zootecnia, que en aquellos años empezaba a establecer sus reglas.

El origen de las razas caninas actuales no fue el reconocimiento de tipos naturales, sino el resultado de la combinación entre las exhibiciones caninas (dog shows), la fundación de instituciones cinófilas (Kennel Club) y las prácticas selectivas de crianza. El perro de pedigrí es, por tanto, una invención cultural, fruto de la ciencia, el espectáculo y la cría comercial, de donde provienen tanto su diversidad fenotípica como su fragilidad genética.

El punto de inflexión fue la conjunción de tres fuerzas:

1.º El surgimiento de una cultura de exhibiciones y concursos caninos.

2.º La autoridad institucional de los clubes caninos y los registros genealógicos.

3.º La popularización de las prácticas de cría selectiva, inspiradas en la teoría de la evolución de Darwin, reforzada por una clase social que valoraba la pureza de sangre y la ostentación del apellido (nobleza y alta burguesía).

En combinación con tres procesos sociales:

1.º La Revolución industrial y el auge de la zootecnia científica (mejoramiento animal)

2.º El desarrollo de la estadística y la genética.

3.º Las teorías sociales y políticas que justificaban jerarquías raciales entre humanos.

El concepto de raza trasciende la mera catalogación biológica; debe comprenderse como una construcción sociopolítica que ha servido para moldear y cristalizar una manera particular de organizar la sociedad y la vida misma. Si bien es cierto que la domesticación y la selección artificial produjeron diferencias notorias y observables entre distintas poblaciones, tanto de animales como de plantas, fue durante el siglo XIX cuando estas variaciones se vieron catalogadas bajo el prisma de la «raza» moderna. Esta se definió como un conjunto cerrado y codificado, dotado de nombre propio, un estándar escrito y un registro genealógico formal. Esta articulación de la raza no brota de la naturaleza, sino de una profunda necesidad humana de clasificar, de establecer jerarquías y, fundamentalmente, de controlar la reproducción y los linajes de los cuerpos, una lógica que se aplicó indistintamente tanto a los animales como a las personas. Tengamos claro, pues, que el término «raza», entendida como una población delimitada, con nombre propio, un estándar escrito y un libro genealógico, es tanto un invento cultural como biológico (biopolítica), cristalizado en el siglo XIX.

DEL OFICIO A LA MORFOLOGÍA

A partir de las primeras exposiciones caninas, los perros adquirieron un nuevo valor como objetos de espectáculo. Los jueces comparaban ejemplares según su constitución, pelaje, tipo de cabeza y movimiento. Los premios reforzaban el mercado para las tipologías que triunfaban en el ring, convertido en una vitrina donde los perros se comparaban como objetos de arte. Su silueta, su manto, el tipo de cabeza y su movimiento se convirtieron en los nuevos criterios de excelencia, al tiempo que se abandonaba valorar su utilidad práctica.

Este proceso generó un bucle de retroalimentación. El éxito en las exposiciones confería prestigio y valor comercial; los criadores, por tanto, intensificaban la selección de los rasgos preferidos por los jueces y los compradores; las líneas exitosas se difundían, registraban y reproducían. En pocas décadas, el tipo reemplazó a la tarea como principio regidor de la cría del perro. La forma había sojuzgado a la función.

LOS CLUBES, LOS LIBROS GENEALÓGICOS Y SUS ESTÁNDARES

Pronto comprendieron los criadores que, para proteger su negocio, necesitaban un marco legal y administrativo. La creación de The Kennel Club (Reino Unido, 1873) fue el acto fundacional que dotó de fuerza organizativa al concepto comercial de raza. Impuso reglas, publicó libros de cría (stud books) y redactó inmutables estándares de raza. Aquel modelo comercial e institucional fue rápidamente imitado en Europa continental, dando origen a numerosas asociaciones caninas nacionales y finalmente a la Fédération Cynologique Internationale.

El libro genealógico transformó los pedigríes en documentos con validez comercial. Ahora la ascendencia de un perro podía conocerse por escrito, y la inscripción en el libro genealógico se convirtió en una barrera que impedía la entrada para los ejemplares ajenos al sistema. Este libro protegía las líneas de sangre consideradas de «élite», administradas por los jueces caninos. Fuera quedaron miles de perros útiles y sanos que durante siglos habían prestado un valioso servicio a la sociedad, ya fuese en el pastoreo, la caza, la guardería o la compañía.

Como tecnología biopolítica, el libro genealógico actuó como pilar para la creación de una raza. Una raza nacía oficialmente cuando tenía su propio libro genealógico controlado por una asociación de criadores. Estableció un compromiso ideológico con la pureza, creando poblaciones reproductivas cerradas. Esta clausura fue el acto genéticamente más determinante de todos. Al privilegiar a un número reducido de fundadores y restringir el acervo genético, se sentaron las bases para los cuellos de botella que asfixian a tantas razas caninas en la actualidad.

La lógica comercial e institucional era sencilla pero poderosa. Si se puede definir un estándar, se puede juzgar la conformidad con él; y si se puede juzgar la conformidad, se puede recompensar y, por tanto, cobrar por propagarla. Los libros genealógicos y los estándares escritos no solo listaban nombres y descripciones idealizadas, creaban una población de cría delimitada e implicaban un conjunto de prácticas para mantener la pureza, la selección cuidadosa de parejas, el registro detallado y la exaltación de ciertos perros fundadores o trazadores de líneas. El libro genealógico funcionó como acta notarial de la constitución de cada raza, expresando compromisos ideológicos y reglas prácticas que moldearon los resultados genéticos.

LA SOMBRA DE DARWIN SIEMPRE ES ALARGADA.

La publicación de «El origen de las especies» y «La variación de los animales y las plantas bajo domesticación» colocó la selección artificial en el centro del debate científico. Darwin utilizó explícitamente el trabajo de los criadores de palomas y perros como microcosmos de la evolución natural. Los criadores de perros abrazaron entusiasmados aquellas teorías. Su elección de los nuevos tipos caninos, en algunos casos tan poco funcionales como el Bulldog inglés, dejó de ser un capricho estético para presentarse como un acto de mejora científica progresiva, capaz, según se llegó a creer, de enmendar la plana a las fuerzas de la naturaleza.

El ring de exposiciones funciona como un nicho ecológico artificial donde la «aptitud» la define el criterio de un juez. Sus decisiones, basadas en la interpretación de un estándar, determinan las oportunidades de apareamiento y la diseminación de los genes de los ejemplares premiados. La economía de la cría, venta de cachorros, derechos de monta, capital reputacional, incentivó durante décadas una selección agresiva de rasgos visualmente impactantes, pero funcionalmente inútiles, cuando no deletéreos, pero muy comerciales en el mercado de mascotas.

El caso del Bulldog inglés es el ejemplo más elocuente. De perro funcional y atlético para el combate con toros pasó a ser un símbolo de conformación extrema, una obra maestra de la selección direccional sin otra finalidad que la estética ostentatoria. Pero hay otras muchas razas. Ulceraciones oculares y pérdida de visión por exposición del globo ocular en el Carlino; displasia de cadera y de codo en el Pastor Alemán; infecciones cutáneas recurrentes y entropión en el Shar Pei; alta predisposición a hernias discales y parálisis en el Teckel, etc.

LA DINÁMICA SOCIAL. EL ARISTÓCRATA Y EL BURGUÉS

La invención de las razas no se redujo a la manipulación empírica de la genética; fue, sobre todo, una práctica social cargada de jerarquías. Poseer ciertas razas era un símbolo de clase y refinamiento. Así, la sangre de pointers y setters británicos, asociados con la caza deportiva de élite, se extendió por toda Europa continental, desplazando a los perros de muestra autóctonos. Otro tanto ocurrió con los pequeños terriers y las razas orientales llegadas desde China vía Inglaterra, convertidas en mascotas femeninas de salón.

La «invención» de las razas caninas fue un acto de ingeniería cultural con consecuencias biológicas de largo alcance. Los criadores, jueces e instituciones cinófilas no seleccionaron razas, las crearon, canalizando capital social, estructuras legales y esfuerzo reproductivo hacia ideales particulares sin apoyo funcional. La fantasía inventiva de los cinófilos creó razas de asombrosa diversidad y, al mismo tiempo, una vulnerabilidad genética que hoy se intenta paliar.

HACIA UNA NUEVA CINOFILIA ÉTICA

Si el siglo XIX inventó la raza canina, el XXI tiene la obligación moral de superar el laberinto en que viven los perros. Los libros genealógicos cerrados y la selección guiada principalmente por la estética han producido grandes logros, pero también nos han mostrado sus límites, pérdida de diversidad genética, incremento de patologías hereditarias y, a veces, una confusión entre belleza y funcionalidad. El ideal de pureza, tan seductor como devastador en su práctica biológica, ha terminado por encerrar al perro en un callejón evolutivo del que solo la apertura podrá rescatarlo. Es momento de revisar estos modelos con una mirada que combine ciencia, ética y amor por el perro.

La cinofilia del futuro no puede sostenerse únicamente en la adoración del tipo, sino en la recuperación de la función, la diversidad y el bienestar. El perro no necesita estándares rígidos, sino pulmones que respiren, caderas que sostengan, corazones que trabajen sin dolor. Necesita ser reconocido como sujeto biológico, no como un objeto de exposición.

Es hora de sustituir el concepto de «raza» por el de «población funcional», comunidad de perros definida por su temperamento, salud y capacidad de cooperación con las personas. Los registros deben transformarse en libros genéticos, donde lo principal sea la trazabilidad, la diversidad y la salud comprobada. Los programas de cría deberían regirse por índices de heterocigosidad, longevidad y ausencia de enfermedades hereditarias, en lugar de por la fidelidad a una silueta diseñada hace siglo y medio.

A los clubes caninos y federaciones internacionales les corresponde una tarea histórica, reformular sus estándares. Cada estándar debería comenzar no describiendo un ideal estético, sino una declaración de bienestar: “ningún rasgo que comprometa la función respiratoria, locomotora o reproductiva será admitido”. Ese simple enunciado bastaría para iniciar una revolución silenciosa.

El perro, el más antiguo aliado del ser humano, no merece ser víctima de nuestras ficciones taxonómicas del siglo XIX. Si alguna vez lo domesticamos para que nos acompañara, hoy nos corresponde redomesticarnos nosotros mismos, reformando nuestra manera de criarlo y entenderlo.

EL CAMBIO COMIENZA EN LOS CRIADORES

Ninguna transformación será posible sin los criadores. Ellos, que durante más de un siglo han moldeado con paciencia la diversidad canina, poseen también el poder de redimirla. No se trata de negar su legado, sino de orientar el arte de la cría hacia la salud y la funcionalidad, una nueva estética donde la belleza se mide por la armonía biológica, no por la exageración morfológica. Si los criadores asumen ese cambio, dejarán de ser guardianes de un pasado decadente para convertirse en arquitectos de una nueva alianza entre el ser humano y el perro. En sus manos está la posibilidad de que la cinofilia recupere su sentido original, mejorar la vida del animal que más nos ha acompañado, nuestro «hermano perro», en palabra de San Francisco de Asís, patrón de los animales y de la ecología.

Al igual que el Ars Regia de los alquimistas ordenaba las tareas para transmutar metales viles en oro preciosísimo, transmutemos la obsoleta cinofilia del siglo XIX en una ventana abierta al siglo XXI, dándole al perro un futuro de oro.

LA LEGISLACIÓN EUROPEA CONFRONTA CON LA CINOFILIA

(Datos obtenidos de internet, a falta de comprobación)

La Europa del presente, en su mapa de regulaciones y reformas, no está trazando solo una política canina, está escribiendo una declaración de principios. En ella, cada perro deja de ser un objeto de perfección para volver a ser lo que siempre fue, un amigo afectivo en el hogar, un compañero de trabajo en el pastoreo, la caza o la guardaría, un espejo de nuestra capacidad de cuidar a otra especia animal, una prueba de humanismo responsable. La batalla se centra en la «cría extrema» o «Qualzucht», un término alemán que define esa selección intencional que, por buscar rasgos exagerados para la exhibición en exposiciones, condena al perro al sufrimiento o a severas limitaciones en su bienestar.

NORUEGA: La justicia noruega sentó un precedente a nivel global. Su Tribunal Supremo falló que la crianza de la raza Cavalier King Charles Spaniel y Bulldog inglés viola la Ley de Bienestar Animal. Esta decisión histórica permite la cría únicamente de animales sanos, pero el acervo genético de estas dos razas es demasiado limitado para garantizar su salud, lo que hace prácticamente ilegal su cría en el país. Diversas sentencias han clausurado criaderos específicos, enviando un mensaje ineludible. La sentencia sienta un precedente, que podría dar lugar a restricciones para otras razas con características físicas igualmente problemáticas que comprometan su bienestar.

PAÍSES BAJOS: Los holandeses actuaron como pioneros. Aplican restricciones a la cría de perros, incluyendo la prohibición de criar perros braquicéfalos con rasgos exagerados, que se implementó en 2019 y se endureció en 2023. Utiliza un curioso sistema, en el que los perros se clasifican según la longitud del hocico mediante un sistema de semáforo. La cría de perros en la «Zona roja» es ilegal, ya que incluye perros con hocico inferior a un tercio de su cráneo. La cría solo está permitida en la «Zona naranja» si se cumplen criterios específicos, como fosas nasales abiertas y una longitud de hocico de al menos la mitad de la longitud del cráneo. Los perros sometidos a cirugía por problemas relacionados con la braquicefalia, como estenosis de las fosas nasales o paladar blando, ya no pueden reproducirse. El Kennel Club Holandés (Raad van Beheer) canceló voluntariamente los registros de varias razas braquicéfalas tras la prohibición de 2019. Actualmente el gobierno planea prohibir la tenencia de mascotas con características externas nocivas, como hocico corto, espaldas largas o extremidades cortas (basetismo)

AUSTRIA: A partir de 2025, una enmienda a su Ley de Bienestar Animal prohibirá cualquier práctica de cría que cause sufrimiento de por vida. «Qualzucht» es un término alemán que, aplicado a la cría de perros, se traduce como «cría selectiva perjudicial» o «cría cruel». Lo más innovador es la creación de la «Qualzuchtkommission», una comisión de expertos encargada de implementar esta prohibición, publicar guías detalladas y tomar acciones específicas, raza por raza. Las restricciones se centran específicamente en problemas como la braquicefalia en los Carlinos y los Bulldogs, que padecen problemas respiratorios. Deformidades del cráneo y formas corporales que dificultan funciones naturales, como el parto. Trastornos genéticos como ciertos colores de pelaje que se asocian con sordera o ceguera, y problemas genéticos que causan inflamación de la piel. También articula restricciones en las exposiciones. Se va a crear un Certificado de Competencia Obligatorio a partir de julio de 2026 y los propietarios deberán completar un un curso de cuatro unidades y una sesión práctica, para adquirir perros.

ALEMANIA: La cuna de tantas razas emblemáticas vive un intenso proceso de reflexión. Sobre la mesa está la propuesta de modificar la Ley de Bienestar Animal para prohibir la cría que ocasione “anomalías esqueléticas”. El debate toca una fibra sensible, si esta medida avanza, afectaría directamente a los Dachshunds, una raza emblema nacional. El mero hecho de discutir esta posibilidad marca una dirección clara. Al igual que Austria ha legislado contra la «cría con tortura» (Qualzucht).

SUIZA: La propia cinofilia suiza han empezado a autorregularse. Utilizando sus normas internas, han restringido la participación de tipos extremos, rechazando la entrada en ring de perros con rasgos exagerados. Si un ejemplar no puede participar en una exposición por motivos de salud, el mensaje para los criadores es contundente. Los criadores deben obtener licencia para los apareamientos, comprender las cargas genéticas de una raza y no pueden perseguir objetivos de cría que generen problemas físicos o de comportamiento significativos para los animales. Legalmente las infracciones pueden ocasionar multas, prisión o la prohibición de tener animales.

REINO UNIDO: A la espera de una ley específica del Parlamento, el Kennel Club británico ha tomado la iniciativa. A través de sus Planes de Salud y Conservación de Raza (BHCPs) y el sistema Breed Watch, aborda activamente los problemas hereditarios. En su evento estrella, Crufts, ya se han implementado evaluaciones respiratorias obligatorias para razas como el Bulldog, el Pug y el Bulldog Francés. Es la cinofilia limpiando su propio patio, impulsada por informes gubernamentales y la presión del comité EFRA de Bienestar Animal. Estas disposiciones, contenidas en los Animal Welfare Regulations de 2018 (Licensing of Activities Involving Animals), se suman a la protección general que otorga el Animal Welfare Act de 2006, vigente en Inglaterra y Gales. Cada criador con licencia debe cumplir condiciones estrictas. Campañas públicas como «Petfished» buscan despertar la conciencia del comprador, enseñándole a reconocer a los criadores responsables con la salud animal. La educación del consumidor es, en este sentido, una forma de protección animal.

Artículo escrito y publicado por D. Eduardo de Benito en su página de Facebook

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